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Cada presidente norteamericano, tiene su guerra, como si al recibir las llaves de la Casablanca Blanca también recibiera el tirante de un cañón o de un gatillo a la espera de su dedo. Pero no es parte de un destino fabricado, ni el producto de un maleficio o acuerdo misterioso conflagrado en ninguna de las ficciones de organizaciones secretas, es el producto de la dinámica política en la que se desarrolla y maneja la democracia estadounidense.
El pueblo norteamericano es amante de las epopeyas, las historias de héroes y fantasmas. Es orgullosamente nacionalista, pero no de la nación limitada por sus fronteras, sino del poder imperial que alcanza al mundo mas allá de los mares. Para los norteamericanos todo el mundo es su territorio, pero Estados Unidos es el territorio de solamente los norteamericanos. Estados Unidos tiene el poderoso Departamento de Defensa, que es el encargado de proteger el país de cualquier invasión extranjera. Bajo ese departamento está el Pentágono, la mayor institución militar del mundo, con un presupuesto que alcanzaría para alimentar a todos los niños que sufren de hambre en el planeta. Desde 1812, cuando se produjo el último intento de inglaterra por recuperar su colonia norteamericana, este país ha sido agredido una sola vez, en el 2001, por el grupo extremista Al Qaeda que lanzó los ataques terrorista conocidos como 9-11. Sin embargo Estados Unidos tiene millones de soldados esparcidos por el mundo, y se mantiene en guerra en diferentes frentes como Irak y Afganistán. Estos frentes, en los que soldados “luchan por la patria”, son el resultado de la necesidad de esta gran nación de defender los intereses de sus corporaciones intercontinentales, a las cuales poco les importa la patria, pues invierten cada vez menos en los Estados Unidos y contratan menos norteamericanos para sus operaciones. Son también estas guerras el producto de una necesidad industrial. Los fabricantes de armas necesitan vender sus productos para seguir operando y el gobierno norteamericano es el principal cliente. Pero como decía, este es un país de héroes que se recicla y enriquece su historia, cultiva la imaginación y produce sus mártires, condecora a sus victimas y las sabe llorar mejor que nadie. Así cada presidente, que es a su vez un héroe, tiene el deber de honrar este epíteto con un acto de heroísmo, y el mayor es la guerra. Sin ese acto de heroísmo es muy poco probable que algún presidente logre recibir el apoyo para gobernar dos periodos. Franklin Roosevelt inició la participación de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial en el 1941, Harry Truman la terminó con las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en el 1945 y comenzó la de Corea en 1950; Dwight Eisenhower le tocó terminar esta última en 1953 y a su sucesor, John F. Kennedy, le tocó comenzar la de Vietnam en 1960; Lyndon Johnson continuó la de Vietnam, inició la de Cambodia y Santo Domingo en 1965; Richard Nixon continuó la de Vietnam y a Gerard Ford le tocó terminarla en 1975; Ronald Reagan lanzó la invasión a Grenada en 1983 y bombardeó Libia en el 1986; su sucesor, George H. Bush invadió Panamá en 1989 e hizo la Guerra del Golfo en 1990, y Bill Clinton hizo las Bosnia y Yugoeslavia; George W. Bush armó las Irak y Afganistán y ahora, como era de esperarse Barak Obama encontró la suya, que es Libia. De este periodo que he mencionado ahora, el único Presidente que no tuvo ninguna guerra fue Jimmy Carter, por lo que obviamente no logró reelegirse. También el único Presidente que pese a haber capitaneado una de las guerras mas espectaculares no logró convertir su heroísmo en votos, fue George H. Bush. Jimmy Carter enfrentó un grave conflicto con Irán, cuando la revolución islámica que dirigió el Ayatola Ruhollah Khomeini, secuestró al personal de la embajada norteamericana en Teherán. Carter intentó un rescate que terminó en fracaso y optó por el civilizado método del dialogo, algo que no encaja en el estereotipo del héroe norteamericano, por lo que meses después fue derrotado en las elecciones por Ronald Reagan. George H. Bush, cuando logró sacar a las tropas de Saddam Hussein de Kuwait, en la Guerra del Golfo Pérsico, decidió no avanzar hasta Bagdad, porque sabía el costo que esto significaba para los Estados Unidos. Así, la operación “Tormenta del Desierto” terminó cuando mas emocionantes se hacía en los comienzos del 1991 y Bush entró a la campaña para las elecciones de 1992 sin una guerra que lo hiciera merecedor de reelegirse. Barak Obama no quiere ser ni Carter ni Bush, por lo que no negociará con Gadafi ni terminará el conflicto antes de noviembre del próximo año. Y si por una mala jugada del destino el asunto se resuelve antes, un nuevo villano se asomará en horizonte.
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