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El Coronel Muamar el Gadafi estaba encabezando un gobierno de facto en Libia desde el primero de septiembre de 1969. Al igual que muchos dictadores que han llegado a estar en el poder sin estar preparado para ello, el coronel tuvo sus buenas, aunque ahora está pasando por sus malas. Una vez que vino a visitar las Naciones Unidas se iba a “desbaratar los rolos” con el Alcalde de Nueva York porque llegó, creo que a una propiedad de Donald Trump, y su gente armaron una tienda de campaña grandísima en horas.
Después al rato, como usualmente pasa dentro del sequito del estadista iban a salir al ruedo muchísima mujeres. Unas (cerca de 200), las que trabajan en la seguridad del Coronel y cuyo grupo de élite llaman la jamahiriya, y otro grupo dando golpes de barriga y repartiendo dátiles y nueces al tumulto de gente que se reunió por esos lugares. Luego iban a salir a escena una veintena de hombres saltando como chivos alrededor de una fogata, todo esto sobre la arena del mismo desierto de Libia que un camión regaría en minutos. A él le daba, no sé ó le ha dado con eso de andar con un convoy de gente atrás, que no me quiero imaginar cuanto costaba al Estado libio los sueldos de esta numerosa comitiva. Pero también le había dado con quedarse en el poder haciendo y deshaciendo durante cuarenta y dos años. Le dio con parecerse al Che Guevara, Reagan lo llamó en una ocasión “el perro loco de Medio Oriente”, y a quien él declaró heredero del poder, se dice que lo veían más en Londres que en Trípoli gastando millonadas entre la clase alta inglesa. Cada vez que la gente oía esas cosas y se dirigía a los carderos, al verlo muchas veces vacíos se decían: “esto no tiene madre, aquel idiota gastando el dinero del pueblo en Europa y nosotros aquí en Libia llevándonos el diablo”. Por ahí es que anda las cosas. La gente está cansada de lo mismo, que a pesar de que viven en un país que es rico en petróleo, siguen viviendo en lo mismo. Cosas similares lo que pasa en Libia pasó en Túnez y Egipto. Personas que se aferraron al poder, pero que apretaron tanto el tornillo que lo corrieron, tuvieron que abandonar sus respectivos palacios de gobierno después que marea de manifestante gritaron en las calles por sus dimisiones. Donde quiera se cuecen habas. En nuestra América hemos tenido, muchos dicen que todavía tenemos, dictadores que han tenido gusto desde lo más excéntrico a lo más estúpido que uno se puede imaginar. Rafael Leonidas Trujillo gobernó con manos de hierro la Republica Dominicana desde 1930 hasta 1961 cuando un grupo de sus hombres de confianza le mandaron a conocer el mundo de la quietud eterna. Al igual que Gadafi, Trujillo tenía sus gustos. Las mujeres ajenas, las no ajenas y cualquiera que le brindaran en bandejas de plata muchos de sus colaboradores cuando tratando de obtener una raya extra, ofrecían sus vírgenes hijas a la disposición del “Jefe” sin ningún tipo de límites ni remordimiento. La crema y nata de los intelectuales dominicanos trabajaron para el gobierno del “Benefactor de la Patria”, como solían llamarle. Los mas ilustres pensadores, ensayistas, educadores y profesionales; en ciertas partes de sus vidas, tuvieron trabajando bajo las ordenes del Generalísimo. Pero Trujillo no se bebía un trago de Carlos Primero, un brandy español añejado que era su bebida favorita, con esa élite dominante de las letras. A él le gustaba otro ambiente, que le leyeran poesía y que le escribieran, pero no más de ahí. Cuando los hombres ni con jabón se lavaban la cara, ya Trujillo era maquillado diariamente y vestido regiamente e impecable antes de comenzar diariamente sus labores de estadista. Le escribieron joyas literarias. Muchos políticos actuales, privando en más papistas que el Papa, no han querido que esas obras sean conocidas por el dominicano común. Simplemente usted lo que tiene que hacer es que, donde diga Trujillo, pone otro nombre y así poder gozar y disfrutar leyendo esos poemas escritos por poetas que las barbas les tocaban las rodillas. Antonio Fernando Spencer, uno de esos intelectuales en la era del “Padre de la Patria Nueva”, escribió el poema “El viaje de Trujillo” que tanto gustaba al gobernante. “Trujillo es la alegría por los caminos del maíz, de la sonrisa. Trujillo es viento rico, es lluvia fina, genera, por estos campos de la pez fecundo riego, milagrosa mano”. “Sin Trujillo las tardes no me gustan, los montes no me gustan. Sin Trujillo la Tierra no es alegre”.
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