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Viernes, 16 de Diciembre de 2011 10:26    PDF Imprimir E-mail
La ignorancia produce miedo

La primera vez que sentimos una sensación real de miedo, diferente al miedo que teníamos a nuestros mayores, fue en una ocasión que nos fuimos de vacaciones al campo junto a uno de nuestros hermanos. Nos hospedamos en una casa grande antigua, hecha de madera y techada de hojas de zinc acanalado. Era la residencia que usaban los antiguos propietarios de esas tierras, pero que al venderla, los nuevos dueños se la habían cedido al Mayoral. Era, no sé si todavía se mantiene en pie, una casa amplia. Con varias habitaciones de dormir, creo que cuatro, amplias y con el techo bien alto para facilitar mejor la circulación del aire y mantenerla fresca. Manuel, como se llamaba el Mayoral y Esperanza, su concubina, nos cedieron la habitación principal. Había dos camitas de una plaza con colchones de guata en un lugar donde fácilmente cabrían 16 de éstas. Una gran ventana de dos aguas (dos puertas) que tenía una vista a la parte frontal de la casa y al Camino Real que pasaba no muy distante de la propiedad.
Todo comenzó la primera noche. Desayunamos temprano, un poquito antes que anocheciera totalmente. Recuerdo que bacalao guisado con viandas ó verduras (yuca, ñame  y plátanos verdes machos hervidos) y una taza de leche con chocolate caliente. Como éramos muchachos de escuelas en esa época, era normal que después de cenar, más si era una cena fuerte, nos diera sueño casi de inmediato por lo que nos dirigimos a la habitación a dormir. A los 15 minutos de estar tendido sobre el catre, veo una luciérnaga enorme volando alrededor de mi cabeza a la vez que alumbraba parte de la recámara. Un poco asustado llamo a Esperanza y le digo que si no hay forma de sacar el “cocuyo”, como llaman  a estos coleópteros en algunos países americanos que despiden una luz fosforescente muy desarrollada.
Me dijo que no porque ese insecto era mi abuela paterna que estaba allí para cuidarme. Ahí fue que el susto comenzó a ponerse serio. Nosotros como muchacho todavía y a quien la inocencia no hacía mucho había abandonado, la historieta convertida en relato bastante trágico nos hizo efecto en nuestro subconsciente. No quería estar allí, y cada vez que pensaba en esto, la luciferina que contienen en su abdomen estos pajarracos pequeños se encendía más pegándome en la cara o en otra parte del cuerpo.
.-“Piensa si le hiciste algo malo a tu abuelita, porque quizás ella te lo está reclamando.” Nos dijo Esperanza poniendo más fuego en el horno del susto. Comenzamos a recordar los dulces de coco con leche que mi abuela hacía y que para nosotros, siendo modesto, el mejor dulce del mundo. Recuerdo que primero pelaban el coco para que el dulce saliera bien blanquito. Lo rayaban poniéndolo a hervir luego en un gran caldero para que ablandara al cual luego se le agregaba la leche y el azúcar.
 Una señora que trabajaba con mi abuela meneaba el dulce con una cuchara grande de madera, pero de alguno seis a siete pies de largo. Cuando el dulce estaba, lo derramaban sobre unas tablas anchas de madera,  lo llevaban a un mismo nivel para luego ser cortados en forma de diamante cuando fraguara lo suficiente. A veces de mañoso nos comíamos algunas barras de dulce sin decir nada a nadie o nos metíamos en los bolsillos un paquetico de gofio. Esas travesuras comenzaron a repetirse en el televisor de mi mente y nos sentimos tan inseguros que nos produjo el primer gran miedo de nuestra vida. Todo por culpa de la ignorancia. Nosotros por nuestra edad y el Mayoral y su mujer por la falta de escuela que pululaban esos lares para ese entonces, aunque las cosas no han cambiado mucho a pesar de haber pasado más de treinta años.

 

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