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Viernes, 02 de Septiembre de 2011 09:42    PDF Imprimir E-mail
Una infamia contra los guatemaltecos
Artículos de Ramón Peralta

El que tolera la opresión, es un opresor. El que permite los abusos, es un abusador. El que no se molesta por el robo, es un ladrón. El que hace oídos sordos a la injusticia, es un injusto. El que tolera la traición, es un traidor. El que tolera la infamia, es un insensible. El que se confabula con el silencio del crimen, es un criminal. El que se adscribe a estas conductas no puede creer en la auténtica democracia porque la esencia misma de ésta, requiere una actitud crítica de sus ciudadanos y esa es la única manera de hacerla transparente. Hay muchos que viven de espalda a esta realidad. Creen que la democracia es votar cada cuatro años y luego desentenderse de las travesuras y los abusos que cometen los que asumen el mandato de gobernar. Esa costumbre ha hecho que en nombre de la democracia se cometan barbaridades disfrazadas de dudosas bondades.
Una de esas barbaridades se desveló recientemente y tuvo que ver con experimentos médicos llevados a cabo en los años 1946-1948 con un grupo de ciudadanos guatemaltecos y con el conocimiento del gobierno norteamericano.
El experimento consistió, en inyectar bacterias de sífilis y gonorrea a ciudadanos guatemaltecos que guardaban prisión, con el fin de probar tratamientos en los individuos contaminados con bacterias que producen ambas enfermedades.
Se escogió a prisioneros y hasta mujeres que sufrían de epilepsia y otros problemas mentales y que estaban alojadas en un sanatorio. A estos desde luego, no se les notificó qué se estaba haciendo con ellos, en una burda violación a los mínimos principios éticos.
Cerca de 5,500 guatemaltecos fueron enrolados y alrededor de 1,300 fueron deliberadamente infectados, usando en muchos casos prostitutas afectadas por las enfermedades. A los prisioneros que por una u otras razones no quedaban infectados al hacer contacto con las prostitutas, se les inyectaban las bacterias.
En ningún momento los ciudadanos guatemaltecos sabían qué se estaba haciendo con ellos. Se especula que 83 de ellos murieron, pero el número definitivo no podrá saberse, ya que, hay que tener en cuenta, que los que se escogieron eran personas, no solo pertenecientes a sectores sociales pobres, sino carentes de educación básica e incapaces de reconocer las razones que luego determinaron sus muertes. 
Otro elemento que hay que tomar en consideración, es que, en la Guatemala de ese tiempo, como pasaba en las mayorías de los países latinoamericanos, los sectores que estaban en el poder, les importaba un carajo la suerte de las masas ígnaras y pobres. No otra cosa fue, lo que posibilitó, que los “connotados” “científicos” norteamericanos escogieran ese específico lugar para llevar a cabo su macabro experimento.
De acuerdo a uno de los especialistas de la ética de la investigación médica, que comentó el asunto de Guatemala, aseveró, y esto es muy importante que se tome en cuenta, que el experimento guatemalteco fue motivado por la presión que había en la comunidad médica militar norteamericana para encontrar solución a la expansión de las enfermedades venéreas en las tropas de la guerra.
Aunque los reportes de prensa que el descubrimiento del caso ha despertado, catalogan el caso como una barbaridad y un hecho espeluznante, esos mismos medios saben, que en el mundo de hoy todavía se siguen llevando a cabo esas prácticas, usando a países pobres como laboratorio, como si la importancia de un ser humano estuviera determinada por la condición económica de éste. Es bien conocido hoy, el tráfico y comercio de órganos, que se usan en trasplantes en los países desarrollados, y que procede de naciones pobres y subdesarrolladas, donde los piratas inescrupulosos acuden a buscar sus botines, aprovechándose de la desesperada condición económicas en que viven muchos de los ciudadanos de esos países. Dentro de ese espectro hay que destacar,  el extendido  comercio de medicamentos vencidos que deliberadamente se lleva a los países pobres y que hoy es un comercio millonario, sin que a los gobiernos de las naciones desarrolladas les importe un pito.
De manera que, los meas culpa que el hecho de Guatemala ha despertado, puede ser que no sean más que posturas falsas ante un problema, que más que de raíces puramente éticas, es de índole económica en un mundo controlado por la democracia del libre comercio y la globalización. 


 

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