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La  guerra de Independencia de los Estados Unidos fue un conflicto bélico que enfrentó a las Trece Coloniasbritánicas originales en América del Norte contra el Reino de Gran Bretaña. Ocurrió entre 1775 y 1781, finalizando con la derrota británica en la batalla de Yorktown y la firma del Tratado de París.

Tras la reunión de 1775 a la que asistieron los representantes de la 13 colonias británicas de América del Norte parecía que las cosas estaban a punto de cambiar para el imperio británico. Indignados por los tratos y condiciones que les ofrecía la Corona Británica, los norteamericanos estaban dispuestos a luchar por una mejora de las condiciones económicas respecto a las relaciones con Gran Bretaña.

Liderados por George Washington y convencidos de la justicia a la que apelaban, la guerra estalló alrededor de un primer conflicto en Boston (en 1775), y no finalizaría hasta 1781, cuando las milicias americanas derrotaron al ejército británico en Yorktown. En 1789, Washington era nombrado primer presidente de los Estados Unidos.

El entusiasmo de los voluntarios, el genio organizador de Washington y la ayuda francesa determinaron el éxito de la contienda.

Bloqueados en Boston por las milicias americanas, los británicos intentaron romper el sitio en Breed's Hill y Bunker Hill, perdiendo 230 hombres durante la ofensiva. La causa americana ganó entonces uno de sus primeros mártires, el médico Joseph Warren, abatido por los británicos en su último ataque.

En tanto en Nueva York expulsados por los ingleses, Washington y su ejército se trasladaron a Nueva Jersey. Unos meses después cruzaron el río Delaware para asaltar una guarnición británica en Trenton, formada por mercenarios alemanes que se rindieron tras una breve lucha.

Tras la batalla de Trenton, el británico Cornwallis condujo un fuerte ejército contra Washington. Alertados, los americanos se retiraron hacia Princeton. Tras una escaramuza en la que fue herido mortalmente el general americano Mercer, se libró una batalla que fue un nuevo triunfo de los independentistas.

En junio de 1777, el general Burgoyne lanzó desde Canadá una gran ofensiva contra las colonias del norte. En el trayecto los ingleses fueron hostigados por milicianos americanos y tropas de Washington. Tras ser derrotado en Saratoga, Burgoyne se rindió al general americano Horatio Gates.

En septiembre de 1781, al saber que el principal ejército británico, al mando de Cornwallis, se había concentrado en Yorktown, Washington estableció un sitio sobre el lugar junto al general francés Rochambeau . La rendición de Cornwallis marcó el fin efectivo de la guerra.

El 3 de septiembre de 1783 se firmó en París el tratado de paz definitivo entre Gran Bretaña y los Estados Unidos. Unas semanas después de la evacuación inglesa, Washington dimitía de su cargo de comandante ante el Congreso de la Confederación, reunido en Annapolis.

 

Es considerado como el escándalo político más importante de los Estados Unidos, el caso Watergate desveló una trama de espionaje y escuchas que la Administración Nixon llevó a cabo durante la campaña electoral de 1972, cuando cinco individuos fueron descubiertos intentando forzar la entrada de la sede del Partido Demócrata en Washington.

Los cinco detenidos no eran simples ladrones que iban a robar. Eran agentes secretos al servicio del presidente y tenían como misión colocar micrófonos e intervenir los teléfonos de sus rivales demócratas para espiarlos. Fueron conocidos como The plumbers, los fontaneros, porque una vez detenidos declararon: "Si nos contrataron para evitar filtraciones, es que somos fontaneros", es decir, agentes especiales encubiertos y contratados por Howard Hunt y Gordon Liddy, dos hombres vinculados al Comité de Reeleccción del Presidente, un equipo formado por militantes del Partido Republicano creado por Richard Nixon y al que el presidente había encargado su campaña de reelección en los comicios de noviembre de 1972.

De este modo, como si del guion de una película de espías se tratase, arrancaba el Caso Watergate, un escándalo que provocaría la primera y única dimisión del primer mandatario de los Estados Unidos en la historia. En menos de cuatro meses, y en un dramático crescendo a ritmo de exclusiva, dos periodistas del Washington Post, Bob Woodward y Carl Bernstein, fueron los encargados de desenmascarar la trama que obligaría a salir por la puerta de atrás al inquilino de la Casa Blanca. La investigación empezó cuando el sábado 17 de junio de 1972, el joven Woodward se acercó al juzgado para escuchar en directo la audiencia preliminar de los presuntos cinco "rateros", varios de ellos de Miami, que habían sido detenidos in fraganti en las oficinas del Partido Demócrata, en el edificio Watergate de la capital federal.

 

LOS "HOMBRES DEL PRESIDENTE"

Bob Woodward empezó a interesarse en el caso cuando escuchó que uno de los detenidos era James W. McCord Jr., el consejero de seguridad de la CIA. También le llamó la atención que otro de los arrestados dijese que todos eran "anticomunistas" de profesión. Aquella noticia se publicó al día siguiente, domingo, e iba firmada por Woodward y su compañero Carl Bernstein, cuyos nombres sólo aparecían al final de la misma. Pero cuando los periodistassupieron que McCord era también el coordinador de seguridad del Comité para la Reelección del Presidente en la campaña electoral, decidieron tirar del hilo y descubrieron que existía una conexión entre el detenido y gente muy próxima al presidente Nixon, encargada de resolver algunos problemas incómodos. Eran sus "fontaneros" o, como se les conocería más tarde, los "hombres del presidente" (Todos los hombres del presidente sería el título del libro que Woodward y Bernstein publicarían en 1974 sobre sus investigaciones en este caso).

En una rueda de prensa celebrada el 22 de junio, Richard Nixon empezó a eludir su responsabilidad en "ese particular incidente" y, de espaldas a la opinión pública, se empezó a comprar el silencio de los detenidos mediante el pago de grandes sumas de dinero. El 1 de julio, el jefe de campaña de Nixon, John Mitchell, presentó su dimisión "ante la insistencia de su esposa". Para entonces, Carl Bernstein estaba investigando la "conexión Miami" de los detenidos con parte del dinero incautado por la policía, que procedía de donaciones privadas que servían para sufragar los gastos de la reelección del presidente republicano, y cuyo reparto había supervisado el dimitido Mitchell.

 

MARK FELT, GARGANTA PROFUNDA

Cada día, tras el cierre del rotativo, Bernstein y Woodward quedaban con algunos empleados del Comité para la Reelección del Presidente para intentar sonsacarles información. Dos de ellos, una contable y un responsable de control de finanzas, preocupados por la dimensión que había adquirido el uso ilegal de fondos en la campaña, les revelarían datos muy importantes. Pero la fuente más decisiva de información fue la que durante más de 35 años Bob Woodward mantuvo en el anonimato. Oculto bajo el seudónimo de Garganta Profunda, se encontraba Mark Felt. Debido al cargo que éste ocupaba dentro de la Administración (era director asociado del FBI), la relación que mantenía con Woodward era lo más reservada posible. Usaron diversos tipos de señales para reunirse, como colocar una bandera roja en el balcón de la casa de Felt, y sus encuentros se celebraban de madrugada en un parking de Washington.

Durante sus reuniones, Garganta Profunda no revelaba ninguna información al periodista, pero sí corroboraba todos los datos que requerían comprobación y, lo más importante, orientaba a Woodward hacia donde debía encaminar sus pesquisas. En sus reuniones, Garganta Profunda reveló la agresiva estrategia que estaba adoptando la Casa Blanca para espiar a sus rivales políticos, periodistas y a cualquiera que el Gobierno considerase desleal. Por fin, el 21 de septiembre saltaba la noticia: Bernstein y Woodward afirmaban con rotundidad que John Mitchell había controlado un fondo secreto para espiar a los demócratas.

El 10 de octubre de 1972, el Washington Post informó de que la investigación policial había concluido que el asalto a las oficinas del edificio Watergate formaba parte de un plan de espionaje y sabotaje orquestado para favorecer la reelección del presidente Nixon. A pesar del escándalo, Nixon consiguió ganar de forma indiscutible las elecciones presidenciales del 7 de noviembre de ese mismo año.

 

IMPEACHMENT

Pero eso no detuvo a los intrépidos Woodward y Bernstein, y el Washington Post decidió seguir publicando informaciones y mantenerse en la línea marcada. En enero de 1973, el juicio a los asaltantes del Watergate se saldó con una amplia lista de condenas, incluida la de James W. McCord. Este ex agente de la CIA, convertido en jefe del espionaje republicano, volvió a ser clave cuando envió una carta al juez afirmando que había cometido perjurio, que los acusados habían recibido presiones para declararse culpables, que había personalidades muy importantes implicadas y que temía por su vida si revelaba todo lo que sabía sobre el asunto. La carta daría un giro inesperado a la cobertura del caso y, como diría Katharine Graham, directora del periódico: "Toda la prensa apareció en masa, levantando literalmente las alfombras en busca de pistas. El Post ya no estaba solo".

Ante todas estas informaciones, el Tribunal Supremo de los Estados Unidos ordenó al presidente Nixon entregar las cintas secretas obtenidas en las escuchas a sus rivales políticos para utilizarlas en el juicio del caso Watergate contra sus hombres. Los jueces resolvieron el debate en una histórica votación en contra de los argumentos del presidente. A partir de ese momento, Nixon perdió el apoyo de los propios miembros del Partido Republicano, que estaban dispuestos a votar a favor de una solicitud del Congreso de los Estados Unidos para iniciar un proceso de impeachment (destitución) del presidente. El 8 de agosto, Richard Nixon anunciaba su dimisión, aunque reconocía que dejar el despacho "es algo que aborrecen todos los instintos de mi cuerpo. Sin embargo, como presidente, debo anteponer los intereses de América".

 

Fuente: National Geographic

 

 

El 4 de junio de 1942, dos poderosas flotas, la estadounidense y la imperial japonesa, se enfrentaron en el Pacífico en una batalla decisiva por el control del atolón de las Midway, donde los norteamericanos tenían una base naval, a medio camino entre Asía y América. El Imperio japonés escogió este lugar para asestar el que creían sería el golpe definitivo a los Estados Unidos. El coloso norteamericano ya había sufrido un duro golpe hacía seis meses, cuando la aviación japonesa atacó la base naval de Pearl Harbor, en las islas Hawái.

Tras las rotundas victorias de la Armada japonesa en el transcurso de la batalla del mar del Coral, bautizada como Operación MO por los japoneses, la marina nipona obtuvo el primer revés. Pero a pesar de ello la Flota Combinada de la Armada Imperial japonesa, puso rumbo al atolón de las Midway con 185 buques, entre ellos cuatro portaaviones pesados que transportaban más de 250 aviones cada uno, dos portaaviones ligeros, siete buques de línea, catorce cruceros, y varios submarinos, destructores y buques de abastecimiento. La supremacía naval de Japón permitió poner fin a la presencia militar británica en el archipiélago malayo y conquistar la inexpugnable Singapur, las islas Filipinas, Indonesia, y lo más importante: lograr la ansiada obtención de recursos naturales.

El plan de batalla japonés partía del supuesto de que los portaviones USS Enterprise y USS Hornet eran los únicos de los que disponía la flota norteamericana del Pacífico y de que el USS Lexington había sido hundido y el USS Yorktown había sufrido graves daños (y se consideraba hundido) en la batalla que había tenido lugar en el mar del Coral tan sólo un mes antes. Por encima de esto, estaba la creencia japonesa de que los norteamericanos se hallaban terriblemente desmoralizados por las derrotas sufridas en los últimos seis meses y que esto sería fundamental para llevarlos hacia la trampa estaba tejiendo para ellos.

El 3 de junio de 1942, un hidroavión PYB Catalina avistó una formación de buques de la Marina Imperial Japonesa a unas de 700 millas náuticas, y aunque en aquel momento los norteamericanos creyeron que se trataba del grueso principal de la flota nipona, aquella no era más que una pequeña escuadra que se había adelantado. Ante aquella inquietante presencia, el almirante Chester Nimitz envió un escuadrón de nueve bombarderos cuatrimotores B-17 para enfrentarse al enemigo, pero estos fallaron en todos sus objetivos.

Por su parte, el almirante Chuichi Nagumo, temiendo la posibilidad de que pudiera haber portaaviones enemigos en las inmediaciones, ordenó, como medida de seguridad, enviar siete hidroaviones para que reconocieran la zona. Sin embargo el séptimo aparato se retrasó treinta minutos debido a un fallo mecánico en la catapulta que lo debía impulsar. Sin saberlo, aquella tardanza tendría nefastas consecuencias para los japoneses, ya que en la ruta del séptimo hidroavión se encontraba el portaaviones USS Yorktown, lo que dejaba completamente desprotegida a la escuadra japonesa.

El 4 de junio de 1942, la aviación japonesa apareció en los cielos de Midway. Los raids aéreos provocaron un desastre en las defensas norteamericanas gracias a la superioridad de los Zero, los cazas japoneses, que no perdieron ningún aparato, mientras que los norteamericanos perdieron diecisiete aviones. A partir de ese momento los japoneses bombardearon el atolón y ametrallaron a ras de suelo durante veinte minutos destruyendo edificios, depósitos de gasolina, hangares de hidroaviones, torretas de vigilancia, vehículos y posiciones de artillería antiaérea, además de acabar con numerosos marines y empleados de la base. El director de cine John Ford, que estaba rodando imágenes de la batalla para un documental, resultó herido en la espalda por un trozo de metralla.

Finalmente, los portaaviones estadounidenses fueron detectados y el almirante japonés Nagumo ordenó volver a subir todos los aviones a cubierta y volver a cambiar las bombas por torpedos, perdiendo así un tiempo precioso. Cuando las escuadrillas de 30 aviones comandadas por el contraalmirante Clarence McClusky regresaban a la base con el combustible necesario, detectaron a los portaaviones japoneses justo en el momento en que los aviones cargados con torpedos hacían más vulnerables a los buques, ya que si eran destruidos estando aún en cubierta, las deflagraciones podían ser devastadoras y hundirlos.

La derrota de Japón en la batalla de Midway fue de tal magnitud que, con el hundimiento de sus cuatro mejores portaaviones, fruto de una serie de circunstancias adversas, la Marina Imperial Japonesa quedó incapacitada para llevar a cabo nuevas ofensivas tanto en Asia como en el océano Pacífico. Esta colosal catástrofe condenó a los japoneses a interrumpir su expansión por Oceanía y, por tanto, modificó el curso de la historia, tanto de la Segunda Guerra Mundial como del siglo XX.

 

 

 

Durante los catorce años que duró el gobierno de Nerón (54-68 d.C.), el Senado de Roma vivió un ambiente similar al que respiró el senado de Estados Unidos durante la famosa «caza de brujas» instigada por el senador republicano Joseph McCarthy (1950-1956). Si en este segundo caso cualquier individuo con influencia política o mediática podía ser acusado de «comunista», en el de Nerón todos temían ser declarados «enemigo del emperador». Fue un período de continuas sospechas y condenas políticas, de conspiraciones y represión despiadada, que terminaría trágicamente con el suicidio del emperador tras haber sido declarado enemigo del Estado por el Senado de Roma.

Para entender el papel que en este proceso desempeñó el Senado hay que tener en cuenta la evolución política del Estado romano en aquellos años. En Roma, el emperador no era omnipotente. Su voluntad tenía que ser ratificada por el Senado, de modo que la tensión de poderes y los intentos por influir o controlar a los senadores eran constantes. El Senado había sido la quintaesencia de la política romana: durante la República fue el órgano de gobierno central. Pero las constantes guerras civiles que sufrió Roma durante el siglo I a.C. desembocaron en el enaltecimiento de un individuo, el emperador Augusto, quien recibió del Senado numerosos poderes especiales de manera perpetua para acabar con la guerra, garantizar una paz duradera y mantener la unidad de Roma.

A partir de entonces se impuso un nuevo orden político basado en la primacía de una sola persona. Aun así, durante toda la época imperial, el Senado mantuvo una serie de funciones políticas importantes: era el encargado de elegir a los magistrados, todas las leyes tenían que ser consultadas y aprobadas por éste, controlaba los fondos públicos y era el responsable de reconocer los honores y decidir sobre las cuestiones religiosas que afectaran al Estado. Un gobierno que no tuviera en cuenta al Senado tenía que chocar necesariamente con él. Y eso fue lo que ocurrió con el emperador Nerón.

Hubo también senadores que colaboraron espontáneamente con el régimen de terror de Nerón, engordando mediante acusaciones oportunistas las listas negras de supuestos enemigos del Estado; una forma, para ellos, de mejorar su cota de poder a través de las sentencias del princeps. Sin embargo, no todos aplaudieron la política de Nerón ni aceptaron comprometerse en ella. Hubo algunos que se mantuvieron fieles a los principios de una República ideal, pero utilizando estrategias diferentes al intento de golpe de Estado.

Uno de ellos fue Peto Trasea. Al principio, Trasea se limitaba a callar cuando el resto de sus colegas adulaban al emperador por sus acciones despóticas, pero al cabo de un tiempo su silencio se convirtió en muestra de disconformidad. Así, cuando el emperador reconoció ante el Senado el asesinato de su madre Agripina y trató de justificarlo, Trasea salió de la curia mientras el resto de senadores aplaudía a Nerón. Tampoco mostraba especial entusiasmo en los espectáculos públicos de Nerón, y solía utilizar su influencia en el Senado para rebajar las condenas de algunos de los enemigos del emperador. Nerón manifestó su disgusto al prohibirle acudir a la ceremonia fúnebre por la muerte prematura de su hija en Ancio; Trasea, sin embargo, recibió la noticia inmutable, incluso con cierto agrado ya que así no tendría que fingir tristeza por la desgracia del emperador.

El senador impasible fue durante mucho tiempo un auténtico superviviente. Se salvó de la caza de brujas por la conspiración de Pisón y sobrevivió también a otras persecuciones. Su estrategia fue retirarse de la vida pública y darle la espalda a sus obligaciones como senador: dejó de ir a la curia, rechazó proclamar el discurso de año nuevo cuando se le ofreció, no asistió a la ceremonia en la que se le otorgaba el importante cargo de sacerdote quindecenviro, y así un largo etcétera.

Finalmente, en el año 66, Nerón hizo que Trasea fuera acusado de sedición ante la curia. El patricio se hallaba en sus jardines cuando recibió la noticia de que el emperador le concedía la gracia de elegir su propia muerte. Según cuenta Tácito, allí mismo se abrió las venas y, mientras su sangre regaba el suelo, se dirigió al emisario: «Hagamos –dijo– una libación a Júpiter Liberador. Mira, joven, ¡y que los dioses prohíban este presagio! Por otro lado, a ti te ha tocado nacer en estos tiempos en los que conviene fortalecer el alma mediante ejemplos de rectitud».

NERÓN, ENEMIGO PÚBLICO

Igual que Trasea, fueron cayendo poco a poco los enemigos de Nerón o de los senadores afines al emperador. No por ello, sin embargo, logró el césar una completa seguridad. Los numerosos asesinatos que ordenó –incluyendo los de su madre Agripina, su primera esposa, Octavia, y su segunda esposa, Popea–, el saqueo permanente de los tesoros de los templos y de las arcas de las provincias para pagar sus correrías y la humillación constante a la que sometió a las familias más antiguas de Roma hicieron que su impopularidad acabara por desbordarse.

Finalmente, las legiones en las provincias empezaron a desertar, el pueblo se atrevía a abuchearlo en el teatro y el Senado, que siempre había actuado de manera oportunista y mantuvo su actitud aduladora hasta el final, decidió declararlo enemigo público cuando vio que a Nerón no le quedaban apoyos. El 9 de junio del año 68, Nerón dejó la ciudad de Roma prácticamente sólo en medio de la oscuridad de la noche. Oculto en una villa de su propiedad, sin amigos a su alrededor, ordenó a su fiel liberto Epafrodito que acabar con su vida clavándole un puñal en la garganta.

Fuente: National Geographic

 

 

Otto Adolf Eichmann fue un criminal de guerra austroalemán y oficial en el régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial, uno de los mayores organizadores del Holocausto y responsable directo de la llamada “Solución Final”, principalmente en Polonia.

También fue responsable del transporte de deportados a los campos de concentración. Alcanzando el rango de asistente de Hitler en la SS, había sido fichado por Reinhard Heydrich por su facilidad en el manejo de la logística de la deportación en masa de los judíos a los guetos y campos de exterminio en los países del este de Europa ocupados por los nazis durante la guerra.

Eichmann utilizó el nombre de Ricardo Klement durante su estancia en Argentina, desde el 15 de julio de 1950 hasta el 20 de mayo de 1960, cuando fue secuestrado y trasladado a Israel por el Mossad para ser juzgado, siendo encontrado culpable de crímenes de guerra en un juicio ampliamente publicitado en Jerusalén. Fue ejecutado por ahorcamiento.

Después de una carrera escolar irrelevante, encontró brevemente trabajo en la compañía minera donde trabajaba su padre en Austria, adonde su familia se mudó en 1914. Trabajó en una petrolera entre 1927 y 1933 y se unió al Partido Nazi local y a las SS austríacas en 1932. Regresó a Alemania en 1933 donde se unió al al Servicio de Seguridad. Fue el encargado del departamento responsable de los asuntos judíos especialmente la emigración, donde los nazis ejercían violencia y presión económica.

Después del inicio de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939, Eichmann y su equipo agruparon a los judíos en los campos de concentración y los guetos en las ciudades grandes con la expectativa de ser transportados hacia el este o a través del mar. Hicieron planes para reservas judías, primero en Nisko, al sureste de Polonia, y más tarde en Madagascar, pero todos estos planes fueron descartados.

Cuando los nazis inician la invasión de la Unión Soviética en junio de 1941, cambia la política de emigración hacia el exterminio. Copartícipes de este genocidio fueron Heydrich, quien era el superior de Eichmann, y demás líderes militares y administrativos presentes en la Conferencia de Wannsee el 20 de enero de 1942, organizada por Eichmann hasta el último detalle. Eichmann y su equipo fueron los responsables de la deportación y exterminio de los judíos en los campos de concentración, donde las víctimas fueron gaseadas. Alemania invadió Hungría en marzo de 1944 y Eichmann supervisó la deportación de la población judía. Muchas de las víctimas fueron enviadas al campo de concentración de Auschwitz, donde cerca del 75% fueron asesinadas en el momento de su llegada.

Cuando fueron detenidos los transportes en julio de 1944, 437.000 judíos húngaros habían sido asesinados. El criminal nazi Dieter Wisliceny testificó en el juicio principal de Núremberg que Eichmann le había dicho en febrero de 1945 que saltaría riéndose en su tumba porque la sensación de que tenía a cinco millones de personas en su conciencia sería para él una fuente de extraordinaria satisfacción.

Después de la derrota de Alemania en 1945, Eichmann fue capturado por las fuerzas estadounidenses, pero escapó del campo de detención, moviéndose por todo el país para evitar su localización. Se escondió en una pequeña villa en la Baja Sajonia donde vivió hasta 1950, cuando huyó a Argentina bajo identidad falsa.

Los servicios de inteligencia israelíes confirmaron su identidad y ubicación en 1960, y posteriormente fue capturado por un equipo del Mossad y agentes de Shin Bet y llevado a Israel para ser juzgado, acusado de 15 cargos criminales, incluyendo los crímenes de guerra, crímenes de lesa humanidad y crímenes contra la población judía.

 

Con información de Wikipedia

 

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